El epicentro

Se trata de una celebración conmemorativa para Yimel Alvarado, quien creó estos vestidos para sus Noches de cabaret en el salón arriba del restaurante, donde ella hacía playback de baladas de amor.

Sus amigos cercanos, la Familia Alvarado, han adornado el escenario con alegres ramos que compensan el gris del pavimento. Recitan el rosario y levantan tragos para brindar. Muchos llevan mascarillas para protegerse de lo que pueda haber en el aire caliente de la noche.

Mientras el coronavirus continúa su propagación indiscriminada por todo el país, aquí en Nueva York ha hecho una inquieta pausa de verano que permite acercarse a algo así como la vida normal. Una pausa que ha permitido a la familia y amigos de Yimel reunirse en su honor, aunque sea al aire libre.

Pero la gran metrópoli sigue sacudida por la supremacía letal del virus; para esta noche, los funcionarios de salud habrán contado 18.787 muertes confirmadas. Y ningún rincón de Nueva York ha sentido su ira más que los barrios entrelazados de Corona, East Elmhurst, Elmhurst, Jackson Heights y Woodside en Queens.

Decenas de miles están sin trabajo. La gente hace largas filas en los bancos de alimentos y tratan de mantener una sana distancia. Muchos son indocumentados, y por lo tanto no son candidatos para recibir los beneficios y han recurrido a la venta ambulante en las aceras: tacos, chicharrones de cerdo, raspadillas, mascarillas.

Casi todo el mundo conoce a alguien que ha muerto. En este parche de veinte kilómetros cuadrados de Queens, cerca de 1400 personas habrán muerto por el coronavirus a finales de julio. En solo una escuela primaria en Elmhurst, casi 90 estudiantes ya han perdido a un padre o tutor.

La ausencia está en todas partes.

En un apartamento lleno de gente en Corona, la familia Lema no llora una muerte, sino dos. Días después del servicio fúnebre en Staten Island para Vicenta, la matriarca de la familia, su marido, José, murió del virus antes de que le informaran sobre la muerte de su esposa.